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Adrián Zurera de la Peña.- Todos hemos criticado más de un altar de culto o quinario en lo que llevamos de Cuaresma, y quién no lo hizo que tire la primera piedra.
Estos altares han sido montados por el mayordomo, o mayordomos según la hermandad, los cuales con sus mejora intenciones lo hicieron -eso no cabe duda-. El inconveniente es el siguiente: el gusto y la formación, ya que si alguna de estas cualidades el mayordomo carece, se verán los resultados que no hace falta que nombre y si no saben a qué me refiero, solo hay que pasear de iglesia en iglesia y los altares de las mismas, solos hablaran, tanto para mal, como para quitarse el sombrero con estos artistas.
Bien es cierta la complicada tarea de estos “currantes” de las hermandades, los cuales se dejan el corazón y la piel por sus cofradías. Conociendo de primera mano a varias personas con este bonito oficio me consta del binomio que se produce entre ser de una cofradía nueva a un con unos dilatados años de existencias y las problemáticas que esto conlleva. Siendo mayordomo de una cofradía con cierto peso o de bastante edad, será más fácil montar los altares debido a la gran disposición de ajuar o patrimonio perteneciente, al igual de la línea creada por los anteriores mayordomos a la hora del montaje. Por contra, en una cofradía nueva se ha de crear el estilo y conseguir los materiales oportunos, pidiéndolos en préstamo a otras corporaciones.
Ser mayordomo es uno de los cargos con más peso dentro de las hermandades, si no el que más, ya que toda la responsabilidad cae en ellos y como comenté con anterioridad, si no se tiene una buena formación se pueden montar altares o besamanos esperpénticos. Una cosa es la innovación -todo estancado, conlleva a la muerte- y otro ámbito es el de lo “cutre” o dantesco.

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