Juan Antonio Vidal Dorado.- Jerez, esta ciudad a veces indolente hasta el extremo, duerme aletargada en la fiesta de la Inmaculada, que en otro tiempo fue celebrada con muchísima solemnidad. Las zambombas, que hasta hace no mucho no comenzaban hasta pasado el puente de la Purísima, han ido desplazando esta fiesta tan importante para los jerezanos, hasta relegarla a un día de resaca del larguísimo puente de diciembre. Hay que recordar que la Inmaculada es la patrona de España, también lo es del Ayuntamiento de Jerez, que le hizo Voto en su capilla, y es la patrona de la joven diócesis de Asidonia, pero aún así, Jerez duerme profundamente ante la Inmaculada.
Y es por eso que hoy quería hablar del último reducto inmaculista de la ciudad, aunque ahora hay hermandades que con buen criterio celebran besamanos y otros cultos de regla en este día, que a mí, me siguen pareciendo pocos. En las Viñas el día ocho de diciembre sabe a Inmaculada, porque es su fiesta, el día de la Virgen, el día que sus hermanos son recibidos canónicamente en su función y el día que el barrio no deja sola a la que es su Madre. Es el día que los cohetes te despiertan aunque no quieras, en el que las campanas repican a Gloria en el silencio de la amanecida y en el que el mejor acompañamiento musical es el canto de los pájaros cuando rompe el alba. Es día de flores frescas y de alfombras de sal, de chocolate caliente y de tostadas en la Venta Hermenegildo, de abrigos y guantes, y de cantos del Ave María cuando cruza de una parte a la otra del barrio. Porque en el santo rosario que se reza cada ocho de diciembre a las ocho de la mañana sigue habiendo lo de siempre mezclado con lo de ahora. Sigue siendo el mismo que recuerdo desde que era un niño en el que las mujeres del barrio acompañaban a la Virgen y la llevaban a hombros. Sigue siendo el que en años alternos va a casa de Felipe, ese hombre que tanto hizo por la hermandad y por la parroquia, o a las Viñas. Sigue llevando la Virgen lo mejor que tiene, antes un simple manto de raso celeste y su corona, y ahora uno de tantos mantos como afortunadamente tiene y su corona de oro. Pero entre tanto, entre nuevos rosarios, joyas y sayas todo sigue siendo igual. Truenan los cohetes, suenan las horquillas cuando el paso avanza, se arremolina el barrio en su trasera y los hermanos con luz van por delante, todos diciendo con orgullo, bendita sea tu pureza. Y entre tanto, un broche que simula ser un racimo de uvas con perlas sigue asido en tu pecho como toda la vida, y en el, las Viñas de siempre, y la de ahora.

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