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Juan Antonio Vidal Dorado.- Un domingo cualquiera del mes de enero que ya ha pasado a la historia, en misa dominical de la Basílica de la Merced, pasó una vez más, que la música elevara las almas. Al órgano José Carlos Gutiérrez, esa persona que consigue transformar en arte todo lo que tocan sus manos, y que volvió a obra la maravilla de llamar a las puertas de los corazones con el don que Dios le dio. Llegaba la comunión y cuando me disponía a entrañarme en la Basílica para tomar el Cuerpo de Cristo sonó Virgen de la Paz de Pedro Morales. Sonó lo que buscábamos los que allí nos congregamos, la Paz de Cristo, y como siempre, de manos de la Virgen, una vez más, a Cristo por María. Y allí, mientras iba buscando redimirme, mientras buscaba a Jesús en la eucaristía, sonaba Virgen de la Paz, y volví en recuerdos a las Mínimas, ese sencillo lugar donde la Estrella reposa su salida y las monjas le elevan un Salve Regina, y volví a sentirme tras de Cristo, igual que buscamos a Cristo Rey cuando la Virgen revira a San Marcos. Por un momento sentí ser costalero en el pasillo de la iglesia, y volví a buscar a Cristo entre mis compañeros, y soñé con ver la Estrella por algún recoveco, aunque sabía que allí se llama Misericordias. Es impresionante poder rezar la Salve a la Virgen con unas mujeres que apenas pueden verla por la celosía de una ventana, a las que no vemos, pero sentimos su oración por nosotros. Por un momento no estaba en la Basílica, estaba en San Marcos, olía a azahar, y el órgano era una banda y el paso venía a compás y la Estrella se posaba un año más, una vez más, a las plantas de las Mínimas, esas vecinas que tienen el compromiso de no verla en todo el año, aunque su amor por Ella traspasa el único muro que les separa.
Y todo esto pasó, con unas simples notas musicales, con el inicio a órgano de Virgen de la Paz, y volví a vivir cualquier domingo como el Domingo de Ramos, y sentir lo privilegiado que soy al poder ser su costalero, y la responsabilidad y el deber que tenemos de portar siempre a Cristo. La música amansa a las fieras y eleva las almas, porque pocos dones nos regaló el Señor que tengan más sensibilidad que la música. Fijaos, unas simples notas me volvieron a llevar a la Virgen, y por Ella al Señor. Comulgué el Cuerpo de Cristo, pro me supo a la Virgen, y me olió a azahar de la Escuela, porque allí se vive un domingo tan grande que dura todos los domingos del año, porque allí se aclamó como Rey al que venía en una borriquita, porque allí hasta en los días más oscuros brilla la luz de la Estrella. Cuando te pierdas, búscala por las Mínimas, allí la oración te llegará al corazón, porque te sonará a música celestial y a Paz en el alma.

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