Manuel Jesús Elena Hernández.- Fue a principios de esta semana, cuando leí una noticia que argumentaba la nueva normativa que adoptaba una hermandad sevillana sobre el comportamiento a seguir por sus capataces y costaleros en el discurrir de su procesión. Engañaría a los lectores de estas líneas si dijera que el asombro sobre tal normativa no se adueñó de mi.

El diputado mayor de gobierno de dicha cofradía, enumeraba uno a uno en la web de la corporación , los comportamientos que de manera obligada, debían adoptar los portadores de sus pasos, los capataces e incluso el “aguaor”, casi ya olvidado en las cofradías al aparecer el sistema de las cuadrillas dobladas.

Tal fue mi sorpresa al leer el título de la noticia , que no dude un instante en cliquearlo para ver que contenía.

Dedicaciones, prendas de vestir, ensayos suspendidos por fiscales por esperas excesivas y alguna que otra situación, daban forma al conjunto de normas, que de manera transversal gritaba a los cuatro vientos que la lógica y la normalidad, se echaron de menos en algún tiempo.

Repasando dicha normativa, y sabiéndose que las normas marcan una conducta o forma de hacer las cosas de manera preceptiva, me extraño no encontrar en el articulado aquello que ocurriría en caso de desobediencia, por lo que me surgía la duda sobre si realmente se cumpliría lo escrito, y que podía ocurrir según quien incumpla, o a quien se le antoje que se lleve a cabo el cumplimiento.

La normalidad, o llamada también naturalidad, no queda escrita en ningún lugar, pero todos sabemos las líneas que limitan a la misma, límites que quedan marcados con cualquier razonamiento o justificación, pues el silencio obtenido como respuesta a cualquier pregunta sobre la normativa no aplicada, anula a la normalidad, obligando dicha situación, a que aparezca la normativa.
Si la normativa dice que “designada la hora de convocatoria del ensayo, en dicho momento deberán iniciarse los tramites para su realización, debiendo haberse iniciado el mismo … antes del transcurso de dos horas desde la convocatoria”, me hace imaginar que durante muchos años, hubo ensayos en dicha cofradía que se alargaron en el tiempo incluso antes de su inicio, sin motivo de fuerza mayor.

Si la normativa escrita es “ el costalero de nuestra Hermandad deberá vestir con pantalón, calcetines y calzado de color negro y camiseta blanca de manga corta”, me obliga a preguntarme, ¿cómo vestían antes?

Si la normativa indica que el costalero “deberá respetar y seguir las indicaciones de los celadores de tramo, y demás nazarenos y personal encargado de la organización y discurrir de la Cofradía”, yo debo decir que los costaleros, al menos los que conmigo trabajan, son personas ejemplares que no necesitan ser corregidos por cualquier persona ajena al equipo de capataces, pues el costalero de hoy demuestra continuamente que su actitud, es consecuente y acorde con las cofradías.

Quizás vivimos en una época de control escrito, en la que las normativas incluso dejan redactadas la edad máxima del costalero debajo de los pasos, o el número de años continuados que pueden ejercer, anulando en todo momento a la normalidad que daría lugar a la aplicación del criterio del capataz, persona designada por una cofradía para responsabilizarse del buen funcionamiento y desarrollo de su cuadrilla.

Desde estas líneas invito a los costaleros a que sigan dando ejemplo, demostrando que con nuestra naturalidad, nuestra normalidad, somos capaces de realizar nuestro trabajo acercando a nuestras imágenes a todas aquellas personas que las ven pasar por las calles, con buenas actitudes y sin destacar de manera negativa, obligando a las corporaciones a que apliquen normativas impuestas. Así que costalero, quiero saber si cuento contigo, por ello te pregunto, ¿normativa o normalidad?

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One thought on “EL STIPES: «¿Normativa o normalidad?» por Manuel Jesús Elena Hernández

  1. Cuando «todo» se hace bien, de forma natural, la normalidad vence a la norma. Una cosa no quita la otra, es necesaria una norma escrita, pero prefiero que todos nuestros hechos sigan una normalidad

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