Manuel Jesús Elena Hernández.- Para siempre, porque las cosas buenas deben durar siempre, en la eternidad, sin final alguno, sin límites, como el poder de Dios, que es eterno e infinito.

En estos días, recordamos a personas que ya no están con nosotros, personas a las que guardábamos cariño y que un día, sin entender por qué, subieron a los cielos atendiendo así a la llamada de Dios Padre y dejando en el corazón de los que aquí quedamos un dolor vacío e irreparable, con el único consuelo de saber que gozan de la resurrección en el reino de los cielos.

Es en el cielo, ahí arriba, donde los buenos permanecen, el lugar en el que se juntan las almas de esas personas buenas, que como recordamos y revivimos cada mes de octubre con el canto del Santo Rosario, suben a modo de escaleras, cuenta a cuenta, letanía tras letanía, para reunirse con el Señor tras cumplir su tarea aquí en la Tierra.

En estos días, en los que se recuerda a esas buenas personas que ya no están con nosotros, viene a mi memoria un Primer Viernes de Marzo, día de oraciones y peticiones citadas en las calles mas antiguas de nuestra ciudad, en el que el Jerez costalero se despedía de una de esas personas que por su humildad, corazón y buen hacer, hacían mas digno si cabe el oficio costalero. Sigo recordando su amplia disposición, su ayuda, su dureza bajo la trabajadera, y como no, su forma de enseñar la fé, su enorme fé, siendo ejemplo de hombre cristiano allá por donde caminaba. La incomprensión sigue adueñándose de mí, cuando me pregunto que pasó, por qué él, sin obtener respuesta Selu, eterno amigo Selu.

Por situaciones como la descrita anteriormente, pienso que en el reino de Dios se produce día tras día una “igualá” en la que son convocadas las personas buenas, que aun siendo necesarias por muchos motivos aquí con nosotros, aquel que todo lo puede, los reclama para que ayuden mejor desde el cielo. En esta “igualá” todo se prepara como mandan los cánones, con la organización previa que corresponde: los ya pertenecientes a un lado, los nuevos, al otro, en fila de a dos, de menor a mayor altura, notándose en ellos la ilusión de cubrir el hueco esperado, ese hueco, que más tarde o más temprano, tendremos la suerte de cubrir.

Hace unas semanas me toco decir adiós a otro costalero, que por la llamada de Dios dejó de ejercer este oficio en la Tierra, para colocarse en esa fila de aspirantes anteriormente citada, y así ayudarnos desde donde permanecen las ya descansadas almas. Lo pienso y aún no lo creo. Te eché en falta este año por la Merced, mas nunca pensé que no volveríamos a hablar de cofradías antes de sacar a la Virgen de los jerezanos, esa bendita imagen a la que tú, al igual que yo, tanta devoción tenías. Recuerdo que siempre presumíamos de pertenecer a su primera cuadrilla, siempre me decías que te encantaba el “andar de la O”, siempre fuiste hombre de oficio y sobre todo de fé, y es por ello que la Virgen de la Candelaria te quería un poco más cerca…

Ayer, una vez más, muchos tuvimos que dar la última despedida a uno de esos hombres que durante años, cumplió con Cristo y María Santísima al través del oficio costalero. Rodri, amigo y capataz de la Virgen del Carmen, ya descansa junto al Cristo de la Lanzada. Ni yo, ni muchos, olvidaremos que tú nos diste la oportunidad de vivir cada 16 de julio de la manera más bonita, siendo los pies de la Virgen.

Siempre he sentido que los costaleros gozan de vivir en su trabajo uno de los lugares más parecidos al cielo existentes aquí en la Tierra, gozando del privilegio de sentir muy de cerca a Cristo y a María Santísima. Los costaleros, son hombres de Dios que algún día formaran parte de esa cuadrilla celestial, esa cuadrilla de costaleros buenos que nos ayudan desde arriba, desde el cielo, donde los buenos permanecen, donde se le da forma a la “iguala” de una cuadrilla para la eternidad, una cuadrilla, que será para siempre.

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