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Adrián Zurera de la Peña.- Llevo mi rostro enmascarado, llevo antifaz y un cirio en mi mano desnuda o cubierta por un guante. Voy descalzo o con sandalias. De cola o capa es mi túnica. Soy aquel nazareno que lleva una cruz al hombro al igual que el Señor, un rosario en la mano para rezar, para cambiar este maldito mundo en el que vivo lleno de injusticia. Quiero trabajo, salud, amor, humildad, erradicar la pobreza, la paz mundial… Quiero todo aquello por lo que moriste en el madero y mi deseo no es otro, que te quieran de verdad, que no se acuerden de ti un día malo de sus vidas, ni muchos menos, solo en estos días en los que se acercan la cuaresma o ese invento de Pre-Cuaresma.

Por llevar un costal, una molía, una faja, unas patillas no sois una raza superior. Porque yo no llevo patillas, yo soy aquel nazareno que lleva el estandarte de la hermandad, la cruz de guía, ese pavero cuidador de los más pequeños o el que guarda el orden en la fila como celador. También llevo el guion de la hermandad, una vara o protejo el paso que sobre tu cerviz lleva. Soy ese humilde hermano de la cofradía que con la luz de mi cirio alumbro el camino del Señor. Aquel al que los carritos de bebés le pisan la túnica, al que le soplan el cirio al salir de Catedral unos niños jugando a ese no sé qué “juego” de apagar velas. Soy aquel nazareno al que le repiten un centenar de veces eso de “penitente, ¿me echas vela?” o “¿tienes una estampita?”.

También soy ese que un día de lluvia espera con tales ansias la tarde, aun sabiendo que no ejecutará la estación de penitencia mi cofradía. Aquel que llora cuando esto pasa y se consuela tocando el dorado del paso de misterio y los varales del palio.

Porque soy aquel que año tras año, desde el anonimato de una túnica reza por ti costalero por todos aquellos creedores de la “inmadurez” del nazareno, que cuando cumplan los veinte se deben de meter debajo de las trabajaderas para demostrar su hombría. Pues yo, soy aquel nazareno acompañante de Cristo.

Ni chaquetas innecesarias ni costales tapando los ojos. Menos golpes de pecho y más trabajar en las cofradías. Dejemos de destruir y apoyemos la construcción de una gran cofradía. Donde además de ser la luz que ilumina o los pies del Señor, seamos su alma.

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