Llegaron al sepulcro y vieron como alguien había entornado la piedra que daba acceso al interior. En el suelo las sábanas con las que habían amortajado su cuerpo se encontraban rasgadas. Como si de una explosión se hubiese tratado, las mujeres -primeras testigos de este hecho- se apresuraron a contarles a los apóstoles lo que habían visto. Imagínense que hasta ese momento justo, nada había tenido sentido: ni las palmas del Domingo de Ramos, ni la institución de la eucaristía, ni la la lanzada traspasada. La verdadera razón en la que se basa nuestra fe, la de Cristo que padece por todos nosotros. Sin sufrimiento no existe la gloria. Por eso los cofrades, debemos de ser los primeros que llevemos por bandera la verdad única que se hace realidad en este domingo, el domingo donde los aromas cambian pero siguen siendo los mismos. El Señor resucita a los pies de la Catedral, mientras que nos recuerda que nos deja a una madre que nos ilumina en las tinieblas de la vida con su luz.

Disfruten de lo que nos dan los últimos nazarenos gloriosos de la Resurrección, de los últimos acordes de la música, del trabajo costalero y del aire que nos muestra una corporación que debe de ser el omega perfecto a nuestra Semana Santa.

Disfruten de la alegría de la Resurrección.

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