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Adrián Zurera de la Peña.- ¿En que se está convirtiendo nuestra Semana Santa? Esa es la cuestión que más me sobrecoge en estos momentos y os preguntaréis porqué, lo comprendo. Nuestra semana más querida del año está cambiando su faceta de ser unas jornadas para la transformación de nuestro ser y la mejora, en cuanto a conocimiento se refiere, de nuestra Fe; a ser una semana cargada de política, rumores, envidia y rencor.
Ay, ¿en qué monstruo la hemos convertido? Me duele ver dicho cambio y no poder hacer nada. Me duele saber que aquellos ineptos para cargos importantes lo tengan. Me duele el rechazo a aquellos jóvenes por tener ideas demasiado “progre” y a otros tantos no tan jóvenes por sus ideas conservadoras. Me duele ver como nuestro “mundo” se encuentra estancado, se encuentra en un momento donde, como en política está pasando, todos quieren coger ese cetro, el cual, lleves corbata o camisa del Alcampo, serás idolatrado por todo aquel que quiera ser partícipe de ese poder. No por un sentimiento de progreso para su hermandad, sino para escribir su nombre y apellidos en el libro de la historia de su corporación, por interés propio. A esos farsantes debemos erradicarlos de nuestras corporaciones mediante la formación cofrade y la catequesis.
¿Hemos convertido la Semana Mayor en una micro-sociedad elitista?, ¿o solo la estamos manteniendo? Un poco de lo primero y otro tanto de lo segundo. Un poco de soberbia y un tanto de reaccionarismo. Luego, nos extrañamos cuando nos califican de arcaicos, y normal, como dice el dicho “somos más antiguos que el hilo negro”. Hablando de negro, la oscuridad y misticismo de nuestras corporaciones pueden ser un retroceso para procesar la Fe, ya que debemos de enseñar a los jóvenes los entresijos de nuestras hermandades e iglesias, para que luego ellos se lo muestren a sus hijos y así sucesivamente. Manteniendo una visión natural, fiel y sincera a la esencia del ser cristiano y cofrade, sin parafernalias injustificadas.
Hasta que esto no cambie. Hasta que no se comience a dejar paso y confiar en la juventud, la formemos o eduquemos. Hasta que la venda de nuestros ojos no se caiga, no podremos evolucionar. Y que triste sería eso.

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