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Adrián Zurera de la Peña.- Sevilla, mi nuevo hogar desde hace unos nueve meses. Un día cualquiera de un mes normal, o “anormal” por el simple hecho de no tenerte cerca, ya han pasado varios meses desde tu partida, seguro que sabes a que hago referencia.

Seré sincero contigo, no tengo un buen tema en -realidad ni bueno ni malo- no tengo sobre que contarte, querido lector. Así que decido emprender mi camino, pero por poco tiempo, necesito evadirme, olvidarme de todo aquello que me atormenta por un tiempo. Días de críticas y noches exprimiendo mi ser, para escribir lo mejor para tu deleite. No puedo más y por el barrio en el que habito, decido dar un paseo y respirar de ese ambiente que hace algo más de dos meses dejó la semana más santa del año.

Me acerco al Templo de Sevilla. Sin más, decido entrar y visitar a esas impresionantes imágenes de Cristo y María. Entro, abarrotado como siempre. Encuentro un hueco y decido sentarme, eso sí, sin antes realizar una genuflexión. Me presigno, un Padre Nuestro y Ave María “rapiditos”, doy gracias y pido por lo de siempre, por los de siempre. A mi lado, una entrañable señora, de unos ochenta y picos años, que por los achaques de la vida no puede caminar con estabilidad, se arrodilla ante el Santísimo. Me asombro al verla, pero no solo eso, sino de ser el más joven de aquella banca y probablemente de toda la iglesia. Será por la hora, ya que los más pequeños se encuentran en el colegio. Llego a un momento en el que consigo evadirme de todo problema, de este mundo terrenal, lleno de miseria, intolerancia y malas noticias.

Interrumpe mi oración un grupo de personas con un tono de voz tan suave cual motosierra: “este señó e er más bonito de Sevilla, miarma”, “¿y esta Virgen?, ¿esta no é de la hermandá no?” Comprendo sus interrogantes y que visiten la Casa de Dios, pero… ¡señores, por favor os lo pido!, cuando entréis en ella, guardar una “mijita” de silencio, susurrar al oído si falta hiciese, pero no molestar las oraciones.

De nuevo emprendí mi marcha y decidí poner rumbo de vuelta a casa, sin olvidar la promesa de escribirte cada martes. Tras un buen rato caminando tomé la decisión de sentarme a la vera del Guadalquivir y relatar, contarte con pelos y señales lo allí acontecido con la señora y criticar a todos esos intolerantes, ya sean cristianos o no, que visitan la Casa del Señor, sin saber los modales que allí deben aplicarse. Entonces, fue cuando empecé con las primeras palabras de este escrito, pero… no me convencía, debo ser más comprometido contigo y escribir desde el corazón para desmenuzar todas las farsas y farsantes que habitan en nuestras Hermandades. Entonces, fue cuando un sinfín de temas invadió mi cabeza, sin cuajar ninguno de ellos como: el mal que nuestra Semana Santa padece, el andar nefasto de los pasos de palios esta pasada Semana de Pasión, el exceso de ranciedad en nuestras corporaciones, el pago a unos costaleros como antaño, la moda de las patillas de hacha, las cañas hasta las rodillas, los selfie de los nazarenos con sus amigos y parejas. También, la pérdida de fe que nuestra sociedad está olvidando por la modernización de la misma y el atasco en el tiempo de nuestra Institución, las famosas chapas, abanicos o esos cánticos a favor de una candidatura en nuestra Feria del Caballo, las insuficientes bandas que nuestra ciudad posee o la hipotética y deseada -mezquino me parece utilizar este último adjetivo, pero así es- desaparición de una banda de nuestro Jerez, para así aumentar los componentes de las ya consolidadas.

En resumidas cuentas, una lista inmensa de temas para todos los gustos, temas exquisitos por su alta complejidad moral y otros, de cierto tono amarillista acercándose a la más frívola prensa rosa que tanto gusta consumir en nuestro país.

Desmoralizado por no encontrar un tema que se ajuste a la más actual situación cofrade y con el mayor compromiso que adquirí contigo y esta web emprendí la vuelta a casa, recopilando y tomando apuntes en mi libreta de lo que sería un futuro artículo, pero arrugué el papel y lo tiré, no era serio ni de tema espinoso. Así que decidí continuar ese escrito que comencé a escribir a la orilla del Guadalquivir y sin querer, he aquí tu artículo semanal.

De mi corazón y letra.

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