Tengo el dulce sabor de sus manos en mis labios.

Manos que acunan la pena infinita, de quien ve a su Hijo morir. Manos tersas y de eterna pureza, que huelen al azahar vigilante de las vísperas. Esas benditas manos que arropan todos nuestros pesares, nuestras peticiones y gratitudes.

Ahora que son sus manos las protagonistas de cada domingo de Cuaresma, echo la vista atrás y me doy cuenta que sus manos siempre están ahí.

Son sus manos las que agarran desconsoladas al clavo que sostuvo a su hijo en la cruz. Las mismas que junta desconsolada cuando ve que hacemos está o tal cosa e implora a los cielos por la paciencia que sólo una madre tiene.

Unas manos, por entonces firmes y delicadas, que acunaban cada uno de nuestros sueños cuando aún aprendíamos los pasos de la vida. Firmes para sostenernos en nuestros primeros pasos, para evitar nuestras primeras caídas y tan delicadas y suaves que peinaban nuestras cabezas acariciando nuestros sueños, apartando la molía que nos habían hecho cuando ya empezábamos a soñar con ser costaleros.

Ella no entendía de horas ni de falta de sueño, con tal de tenerlo todo listo para el día siguiente o para “ese día”. Sus expertas manos volvían a soltar con suma avidez el dobladillo una vez más, un año más. Descosía con soltura el escudo que lo veía doblado para que fuera recto y volvía a coser sin caer en la desesperación. De repente, cómo si los ángeles hubiesen obrado el milagro, las túnicas aparecían colgadas en el salón, creando el atrezo perfecto para vivir los días previos. Todo perfecto, ni una arruga, la capa para hacer la mejor de las verónicas, los trajes en perfecto estado.

Esas mismas manos que se arrugaban con el paso del tiempo y las horas de labor, son las mismas que estaban ávidas para endulzarnos las vísperas. Con precisión milimétrica, llega el dulzor de las torrijas, el vino siempre, dulzor generoso que nos ayuda a pasar la espera hasta el día soñado.

Azúcar, clavo, limón y  canela, actores imprescindibles que en manos expertas nos ayudan a rematar los días de la Semana Santa, para junto todo aquello que hemos visto y sentido hacer nuestros sueños más dulces, esperando la siguiente jornada. No hace falta conocimientos de químicas para hacer el mejor de los perfumes, un dulzor celestial que salen de unas manos que transmiten el amor de una madre a sus hijos, en cada gesto.

Hoy sus manos dibujadas por los surcos del tiempo, no tienen la misma firmeza, pero sigue acunando nuestros sueños hecho niño, sus nietos son la principal preocupación y el motor de esas benditas manos que aunque casi ya no pueden, pero que siguen queriendo como cuando tú viniste al mundo e incluso más.

Ahora su arroz con leche si sobras, lo pruebas. Puede que aún llegues a alcanzar la última torrija que te transportas a cuando eras nazareno en el primer tramo, y ahora que peinas canas bajo el manto de tu virgen, te esfuerzas por transmitir a los nuevos valedores de sus desvelos, todo lo que aprendiste gracias a ella que sin palabras te enseño el amor por todo lo que crees. Esas manos escriben aún tu historia, aunque ya no lo creas y seas el actor secundario de su vida.

No debemos esperar a los domingos para buscarla y besar su mano. Hazlo hoy mismo cuando la veas, porque quizás mañana ya no puedas. Y cuando vayamos a la iglesia y visites a tu Madre, vas y le das gracias por ello.

 

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