“Minicuentos de Navidad” por Ángel Rodríguez Aguilocho

Érase una vez un niño de rutina mañanera. De estos que todas las mañanas hace prácticamente lo mismo. Se viste casi de la misma forma. Se peina y se prepara de la misma manera. Y cada mañana, acompañado de su madre y  a veces de otros niños, hacía también el mismo recorrido de camino al colegio y al terminar la jornada también de camino a casa. Al volver, pasaban siempre por la puerta de una papelería que en estas fechas llenaba su escaparate de cosas navideñas. A él, chaval de pequeñas manías, le gustaba pegar una carrera y plantar con ímpetu su cara en el cristal de la tienda, para fijar su mirada unos minutos en un pequeño Belén que le encantaba. Se le abrían los ojos y sonreía de una manera especial. Tanto le gustaba y tanto se pegaba al cristal, que dejaba las marcas de sus pequeñas manos y de su nariz en él, lo que provocaba el enfado del comerciante que un día, salió a la puerta y de forma poco agradable le dijo a su madre: “Señora, cómprele usted el Belén al chiquillo ya hombre…que me voy a gastar el sueldo en Cristazó” A lo que la madre respondió desde la lejanía y muy airadamente: “Yo no se lo voy a comprar no. Nosotros no creemos en esas cosas…” El tendero y el niño se miraron un segundo, y el niño pegó una pequeña carrera hacia su madre. Al día siguiente, después de vestirse igual que siempre, de peinarse igual que siempre, de ir a la misma clase que cada día, aquel niño pegó la misma carrera de siempre para volver a dejar de nuevo las marcas de sus manos y de su nariz en aquel viejo escaparate. Pero lamentablemente aquel Belén que tanto la gustaba ya no estaba allí. Para su sorpresa, aquel viejo tendero le puso la mano en la espalda, y cuando el chaval se volvió le entregó con cuidado una pequeña caja blanca que el niño cogió mirándole a la cara, medio sorprendido y medio asustado. El hombre se llevó su dedo índice a la boca diciéndole que no dijera nada y volvió pausadamente dentro de su tienda. Y aquel niño volvió aquel día a su casa, al menos por una vez, de una forma diferente.

Tengo unos amigos a los que les gusta cantar. Se juntaban de vez en cuando para echar el rato. Y después otro día para otro rato. Y así cien ratos. Hasta que se dieron cuenta que aquello sonaba bien y decidieron echarle narices. Pasa mucho últimamente por mi tierra. Pero ellos tienen algo especial. Porque solo cantan un mes al año. Y no solo eso, sino que no quieren hacer otra cosa. Cuando aún no acaba el verano, y algunos estamos con el bañador puesto, ellos desempolvan su vieja zambomba, revisan sus panderetas y ensayando que es gerundio, comienzan a preparar lo que en unos meses se les viene encima. Se dejan la las manos y la garganta en treinta días en los que se convierten en el mascarón de proa de aquellos que creen que en navidad solo se deben cantar villancicos. Y con la habilidad de transmitir que disfrutan de lo que están haciendo. Y es por eso que la gente disfruta estando con ellos. Algunos se preguntan por qué no cantan todo el año. Yo no tengo esa respuesta. Solo sé que una vez más llegará la tarde de Nochebuena. Y de nuevo se pondrá de bote en bote la Plaza de la Yerba. Y de nuevo se oirán los mismos villancicos de siempre, y una vez más sonará ese popurrí que ya casi se sabe medio Jerez. Y una vez más se guardarán su zambomba y sus panderetas. Y el cansancio y la alegría se mezclarán en un último brindis antes de irse un rato con las familias, que también se lo merecen. Y será si Dios así lo quiere, hasta el año que viene. Hasta que el Duende de la navidad jerezana aparezca de nuevo y se encargue de invadir nuestras calles.

Érase una vez un hombre que vivía la nochebuena por años pares. Un año sí, y al siguiente no. Era su ley de vida. Era de esos que a veces se comenta, que no pueden disfrutar de estar en casa esa noche, porque su trabajo no conoce de excepciones. Solo que él no salía al día siguiente en el típico reportaje del telediario del día de navidad. Porque él no era un médico de guardia, ni un bombero ni un miembro de las fuerzas de seguridad. Su trabajo pasaba más desapercibido. Pero allí se dirigía un año sí y un año no la noche de nochebuena. Tomó algo rápido en casa y con resignación se dirigió a aquella pequeña y fría cabina en aquel peaje de autopista, que todos los gobiernos dicen que van a quitar cuando están en la oposición. Por la experiencia de otros años, sabía que absolutamente nadie iba a pasar por él durante horas. ¿Quién demonios va a coger la carretera la noche de nochebuena? Así que se llevó un libro y un transistor, y un pequeño termo de café porque la noche prometía ser fría. Y pasaron las horas sin que nadie pasara. Y del aburrimiento casi quedó dormido en aquella incómoda silla de piel, con la cabeza hacia delante y la barbilla pegada al pecho. Pero de pronto, casi de madrugada, llegó un coche a toda velocidad y paró junto a su ventana y su conductor le despertó gritando: “Oiga ¿Los siete euros los podemos pagar en pestiños y en polvorones?” El hombre dio un salto. Y esbozó una sonrisa al ver que eran dos amigos que habían decidido escaparse para tomar algo con él en aquel estrecho habitáculo. Y se echaron tres copitas de anís y brindaron, mientras la desierta autopista esperaba la llegada de algún coche despistado y también esperando las promesas incumplidas de cada final de año.

Estaba una vez un hombre asomado a la ventana de su salón. Esta ventana daba al patio común de su bloque de viviendas. Se llevó un rato mirando porque los vecinos entraban y salían sin descanso. Todos iban con caras serias. Casi no se miraban. No se saludaban. Muchos portaban alguna bolsa de algún supermercado. Cada uno iba a lo suyo. Seguro que casi ninguno sabía el nombre del que se cruzaba. Raro era el que se paraba para saludar a otro, y en caso de saludarlo era solo un hola y adiós. Pensaba aquel hombre como de impersonal se había vuelto su forma de vivir. La de estar rodeada de gente a la que no conoce absolutamente nada. Y recordaba su infancia en aquella casa de vecinos en la que todos eran algo más que vecinos. Donde se compartía todo. Y donde para contar una alegría y también una pena, se acudía incluso antes a un vecino que a un familiar. Y pensaba con añoranza en aquellas zambombas que se improvisaban en aquel patio, donde con dos botellas de vino y algo de comer, se echaba la noche entera. Y aquel hombre, en un arrebato de añoranzas, se sirvió un catavino y rebuscó en un cajón una vieja pandereta que hacía años que no cogía y a la que le faltaban la mayoría de los platillos. Cogió una silla, abrió la puerta y se sentó en aquel patio con su copa de vino y su pandereta y comenzó a cantar el primer villancico que se le vino a la cabeza, esperanzado de que alguien se parara a acompañarle. La gente seguía entrando y saliendo. Seguían sin levantar la cabeza. Seguía sin saludarse. Solo que ahora además miraba con cara rara a aquel artista espontáneo al que muchos tomaron por loco. Cantó un par de villancicos más, apuró el trago de vino de un solo buche y se volvió a meter en casa. Y el trajín del patio volvió a ser el mismo de siempre. El silencio volvió a apoderarse de aquel patio, y él certificó en ese momento, que por mucho que le dijeran, para muchos la navidad nunca volverá a ser como antes. Porque quizás somos nosotros los que no somos como antes.

Tengo un amigo que es un enamorado de los Reyes Magos. Siempre lo fue. Era su día preferido de todas las fiestas de Navidad. Por cosas de la vida, sus últimos años, había tenido unos días de reyes bastante tristes. Solo en casa, sin ganas de madrugar, sin papel de regalo esparcido por el suelo del salón. Casi como un día más. Alguien le dijo que, en un sitio que él conocía, los reyes magos habían enviado una emisaria muy guapa para recibir las últimas cartas dirigidas a los magos de oriente. Las de los más despistados. Le echó algo de valor y, aunque algo inseguro, allá marcho con su carta para entregársela a aquella emisaria de elegante vestido y de ojos claros, que con una inmensa sonrisa le dijo que se sentara en su falda y que haría todo lo posible para que esa carta llegara a sus majestades. Y bueno que si llegó… Llegó y aquellos Reyes Magos en los que siempre creyó le trajeron lo poco que había escrito en ella, y otro montón de cosas no escritas en el papel pero escritas sin tinta en el fondo de su alma. Como por ejemplo: “Volver a sonreír”. Aquella emisaria de inolvidable mirada obró el milagro. Y aquel amigo volvió a sonreír y hasta recobró las ganas de volver a escribir cuentos, como solía hacer de cuando en cuando. Tanto fue así, que poco después de aquello, hasta le encargaron escribir el cuento más bonito que le habían encargado en su vida. Y en ello me cuentan que está… Mientras tanto, dicen que ha hecho una pequeña pausa, para coger aire, y para recordarle a sus amigos como cada año, que en estos días va a nacer un niño que va a cambiar por siempre nuestras vidas. Y que así sea. FELIZ NAVIDAD A TODOS.

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