Ángel Rodríguez Aguilocho.- Tengo una amiga a la que le gusta disfrutar la navidad de cabo a rabo. Sin miedo a caer en la exageración, creo que le gusta desde unos cuantos días antes del cabo… La vive, la espera,… la exprime. Canta, baila, ríe,… Tanto la exprime que a veces su garganta e incluso sus pies le dicen por las noches que ya está bien. Es de las primeras que empieza a celebrarla y casi de las últimas en echar el telón, cuando en la tarde del cinco de Enero espera la llegada de los Magos de Oriente como si de una zagala se tratara. Este año su navidad tiene un punto y aparte antes de lo esperado. Una aventura necesaria, la iba a llevar lejos de los suyos y de su ciudad hasta una tierra muy lejana, justo antes de que la ilusión se convirtiera en papel de regalo y en noche de nervios. Se fue haciendo a la idea, con un pequeño nudo en el estómago, mientras buscaba alojamiento y conocía los detalles de esa ciudad hacia la que partía y en la que iba a pasar los próximos meses. Curiosamente, cuando pensaba que este año los Reyes no venían a verla…alguien le descubrió que los Reyes de Oriente descansan para siempre en la Catedral de esa ciudad a la que se dirigía. Curioso ¿verdad? Tantos años esperando ansiosa su llegada…y casi sin saberlo el próximo cinco de Enero estará más cerca que nunca de ellos. Esta vez no tendrá que esperarlos, sino aún mejor, salir a buscarlos. Que lo disfrutes…

Luis solía bajar todas las mañanas a tomar café al bar de su amigo Juan. Aquella mañana se estaba vistiendo sin prisa cuando su mujer se acercó diciéndole “Cuidao el jaleo que tiene hoy Juan en el bar…”. Luis retiró con cuidado el visillo de una ventana, y pudo ver como la esquina del bar era una auténtica algarabía. Hacia el bar se dirigió mientras, sin poder evitarlo, aquel llamativo anuncio de la lotería le iba dando vueltas en la cabeza y pensando que él, como el protagonista de aquella historia, tampoco llevaba ningún décimo aquel año. Al entrar en el bar, le pareció estar realmente inmerso en aquella historia cuando veía a la gente abrazarse, gritar, brindar,…mientras un grupo cerca de la barra agitaba con fuerza unas cuantas panderetas y torpemente intentaban cantar, al menos el comienzo de un conocido villancico. Entre el miedo y la vergüenza, se fue acercando a la barra de metal llena de pequeños vasos de anís y donde Juan, el dueño, era el primero en hacer sonar su pandereta con una sonrisa de oreja a oreja. Con la voz entrecortada y con los ojos desencajados le pregunto “Juan, por tu madre,…no me digas que ha tocado la lotería…que no llevo ningún décimo” Y Juan respondió sin dudarlo…”Que va joe…si este año no hemos jugao ni ná. Pero y lo bien que nos lo pazemo…” Y Luis soltando un enorme suspiro, cogió también una pandereta mientras con un pañuelo secaba el sudor de su frente…

Érase una vez hombre que vivía en una solitaria casa alejada de la ciudad. Aquella humilde cabaña, se elevaba en una pequeña colina a unos kilómetros de la carretera, y cuando la noche era clara, desde su porche se podía divisar a lo lejos el resplandor de las luces de una gran ciudad. Aquel hombre, era feliz allí a su manera, acompañado por un par de perros fieles y con las mínimas comodidades posibles. Decidió irse allí cansado del bullicio de aquella ciudad que a veces oía a lo lejos, harto de no soportar a la gente y a veces de no soportarse ni a sí mismo. Cenaba aquella noche, como siempre solo, un plato caliente de sopa mientras sus dos animales le miraban fijamente esperando algún trozo de pan. Mientras cenaba, cambiaba una y otra vez los canales de su vieja televisión intentando encontrar alguno que no estuviera dando las noticias, donde una y otra vez las familias hacían alarde sobre la cantidad de manjares que iban a cenar aquella noche en la que todos volvían a reunirse. Apagó la tele, acabó la sopa, y marcho al porche a fumar un cigarro flanqueado por sus dos perros, mientras divisaba en el horizonte el resplandor de aquella ciudad que parecía aquella noche brillar más fuerte que nunca. Y por un instante su mente quiso imaginar si en esa enorme mole llena de personas, habría quizás una sola que le echara de menos… Despacio y casi sin querer elevó su mirada y una enorme estrella fugaz atravesó el cielo durante unos segundos interminables… Un escalofrío recorrió su cuerpo como casi no recordaba. Y decidió volver dentro a vivir su soledad, antes de que aquella señal del cielo le hiciera recordar y reconocer que había tenido mejores nochebuenas que aquella.

En una casa, en la noche de Reyes, ya casi todos dormían. En realidad todos, menos el patriarca de la familia que ya había recibido a los Magos de Oriente sin que sus hijos ni su mujer se enteraran. Les había dado los vasos de leche que estaban preparados y también le había dado de beber a los camellos para que prosiguieran su largo viaje. Los Reyes habían dejado sus regalos, y aquel padre los estaba preparando para que sus hijos pudieran verlos completamente listos cuando el sol de la mañana los despertara. O probablemente un poco antes… Una vez todo preparado, se acumularon un par de montañas de papel y algunas cajas que estorbaban en aquel salón, convertido un año más en un reino de ilusión. Intentando hacer el menor ruido posible decidió bajar todo aquello que estorbaba y echarlo a un contenedor cercano. Metió el papel en aquellas cajas de cartón y bajó como pudo en el ascensor aguantando las cajas haciendo malabares y riéndose de sí mismo viéndose reflejado en el espejo. Se acercó al contenedor y lo tiró todo, pero un ruido raro le hizo volverse cuando emprendía el camino de vuelta. Miró dentro y vio que algo torpemente se movía. Un pequeño cachorro, abandonado por alguien sin corazón, se chocaba con toda la basura y lloriqueaba intentando buscar una salida que se le planteaba imposible. Lo rescató como buenamente pudo y en sus manos pudo observar que era un auténtico peluche de color caramelo y con ojos claros que le miraba mientras movía alegremente su rabo. Mirándole a los ojos le preguntó “Y tú ¿quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Y qué hago yo contigo aho…?” y aquella última frase se interrumpió con una tremendo lametón en la cara que le hizo callarse de repente. Se lo echó bajo el brazo y soltando un enorme suspiro volvió al edificio, pensando en cómo convencer a su mujer de que los Reyes existían realmente…y los malnacidos también.

Tengo unos amigos que creen en un amigo. En realidad son muchos los que creen en él, porque él mismo se define como amigo de los hombres. Estos amigos, suelen ser gente de paz y gente buena. No intentan imponer sus ideas a gritos, ni usan la violencia ni las armas para compartir sus ideas, y no creen que al cielo prometido se llegue poniéndose un cinturón lleno de bombas y haciéndose explotar. Lo más que pueden llegar a hacer a veces, es a usar unos tambores o en todo caso a cantar sin descanso cuando celebran su fiesta más importante, aquella en la que se recuerda el nacimiento de aquel amigo al que adoran. Ellos no reparten terror sino alegría. No reparten tiros, ni muerte, sino besos y abrazos. Tan generosos son que esa fiesta del nacimiento de su amigo, se celebra en todo el mundo y por todo el mundo. Curiosamente incluso por aquellos que no creen en él. Y ello no les molesta… Al contrario. Porque saben que en el fondo, la gente aprovecha esos días para arreglar algunos problemas y para desearse sinceramente que la paz reine en los corazones de las personas. No sé tú, que ahora me lees, si crees que él nace en estos días que celebramos. Yo sí que lo creo. Sinceramente, y por desgracia, es en las pocas cosas en las que creo ahora mismo… Si crees en él y en su nacimiento que pases una Feliz Navidad. Y si no crees…también. Estás invitado a participar en esta fiesta nuestra, en la que, al menos por unos días…todos intentamos ser un poco mejores. Solo con eso, ya merece la pena todo esto…¿verdad?

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