dc

Alejandro Pérez García.- Sabemos que la música procesional tiene su origen en el siglo XIX, y más concretamente en su segunda mitad. Por aquel entonces, las formaciones musicales que acompañaban a las procesiones de Semana Santa interpretaban adaptaciones de obras clásicas, como por ejemplo marchas fúnebres o composiciones de capilla musical, pero claro, el repertorio era muy limitado, por lo que la evolución lógica fue crear composiciones que ya se podían definir como música exclusiva para las procesiones de Semana Santa.

Tiempo atrás, composiciones de capilla, corales,… formaban parte de la “tradición” de la Semana Mayor, así que esta adaptación de la música a la procesión fue el germen de las marchas procesionales, provocando el “Big Bang” de este género.

Evidentemente, en estas obras que fueron apareciendo encontramos altas dosis de inspiración y calidad musical sin matices, ya que el único límite (o condición) de estas marchas era el propio compositor y la plantilla de la banda, sin prestar ninguna atención en conceptos efectistas o estéticos (o costaleros) que ya aparecieron bien avanzado el siglo XX.

Por la presencia de formaciones musicales de origen militar, fueron los compositores ligados al ejército los que comenzaron a prodigarse en este “nuevo” género. Y en este escenario, surgieron nombres como Jose Gabaldá Bel,  un importante Músico Mayor del Ejército nacido en Castellón (autor de muchas marchas de la época como por ejemplo “La Azucena” en 1865), o Eduardo López Juarranz, destacado músico militar, director de la Banda del Tercer Regimiento de Ingenieros de Sevilla, y compositor de “¡Piedad!”, considerada la marcha procesional más antigua de Cádiz.

 

El carácter fúnebre de estas composiciones era acorde al motivo de la obra, que no era otro que las imágenes Sagradas dentro de una Semana Santa, muy diferente a la actual, cargada de recogimiento y sobriedad. Si a esto le sumamos el peso de las obras clásicas que seguían existiendo y sonando, nos encontramos con composiciones de un correctísimo nivel técnico y formal, con mucha carga emotiva y nostálgica, que sentaron las bases para que en la última década del siglo, el género de la marcha procesional terminara de florecer gracias a la saga de los Font, Camilo Pérez Montllor o Vicente Gómez Zarzuela.

Como vemos, hoy en día es bastante común que la mayoría de cofrades cataloguen como “clásicas” o de manera despectiva como “antiguas” marchas de Gámez Laserna, Manuel Borrego,… obras de mediados del siglo XX, o lo que es lo mismo, composiciones creadas casi un siglo después de las primeras marchas procesionales. Este desconocimiento, desgraciadamente tan extendido en la actualidad, nos está privando de una Semana Santa más variada musicalmente hablando, donde en la mayoría de los casos no salimos de sota, caballo y rey. Eso sí, esto no tiene nada que ver con la idea de: Todo lo “antiguo” es extraordinario y todo lo nuevo “desastroso”… ese es otro debate, y hablaremos de ello…

Comments

comments