Jerez – El tiempo es inexorable y parece que fue ayer cuando dábamos un beso a nuestros familiares después de las doce campanadas y hoy ya es Lunes de Pasión, van pasando los minutos y esto cada vez está más cerca.

Ante todo me gustaría pedir perdón por haber escrito tan poco este año, pero os debía una a todos y a cada uno de vosotros y vosotras que me decís de vez en cuando “¿Ya no escribes?” “¡Te espero el viernes!” así como recompensa en estos días previos a la semana mayor, escribiré unas pequeñas líneas expresando una vez más lo que siente un humilde servidor ante la tan inminente llegada de la Semana Santa.

Hoy, tengo que confesar, que después del magistral pregón que ayer pudo deleitarnos con su pluma Don José Blas Moreno, en mi cabeza rondaron exactamente once palabras que pronunció su corazón

“Ser costalero es incluso estar dispuesto a dejar de ser costalero”

¿Dejar de ser costalero? Si a José Luis García Cossio, “El Selu” le hiciéramos esa pregunta quizá de manera muy enterada respondería, “Yo como entiendo una “mijita” de costalería porque me he llevado treinta años cargando en el costero derecho de la Santísima Virgen de mi barriada, ¡no estás tú majara que yo deje esto!

Llevaría razón el autor a expresar esas palabras, porque cuánto de difícil sería dejar de ser costalero.

Ser costalero aparte de ser los pies de aquellas personas que con un suspiro y un pañuelo – ya sea de papel o de tela – en la mano, miran embelesadas con algún que otra lágrima recorriendo su cara viviendo momentos pasados cuando eran pequeños y veían en el mismo sitio año tras año esa bonita estampa.

Cuán difícil sería dejar de ser costalero, y dejar de ver desde la rejilla de los respiraderos cosas que desde fuera no se ven, a esos niños señalando y su padre diciéndole que ese es el Señor o la Virgen, o a esa ancianita con su ramo de flores que compró por la mañana en la floristería de su barrio con la corta pensión que esos miserables le dan como si de un favor le estuvieran haciendo, o aquel recién nacido que ya mira a su madre.

Cuán difícil es ver que en la igualá, tu amigo, tu confidente, el que al principio de tu ser costalero, no está al lado tuya, no porque se haya ido a otra cuadrilla a cargar, sino porque una enfermedad o dolencia no le dejan ser más costalero y desde fuera ves cómo él – uno de ustedes – ya no comparte sitio en la trabajadera, o desgraciadamente el costalero que el Señor  llamó a la igualá de la cuadrilla de costaleros celestiales. Desde aquí un fuerte abrazo a un costalero que descansó en un frio día de enero y se fue con la niña de sus amores -aparte de su hija – la Reina de la Paz, la Reina de la Albarizuela.

Cuán difícil sería dejar de ser costalero, porque te encuentras en el extranjero, en un país donde no hablan tu idioma y donde no saben lo que es el azahar, las torrijas y los besamanos. ¡Que poco te queda hermano para que podamos vivir un nuevo Martes Santo juntos!

¿Te costaría dejar de ser costalero verdad? Yo lo pienso y me entra, como dijo una pregonera en el año 2000, “un no sé qué” que yo afortunadamente le pongo nombre a dicha sensación, agobio.

Por esa sencilla cuestión, carguemos las horas que carguemos, tengamos los relevos que tengamos, sea la calle más propicia para hacer un rally con bicicletas de montaña que para pasar con un paso, haga más calor, o la noche caiga sobre nosotros con el mortecino sueño y nos deje sin noción de tiempo y espacio por momentos.

Como dijo un buen amigo mío en la noche de ayer:

“No dejemos nada dentro de nosotros,

démoslo todo por el Señor y por la Virgen,

porque nunca sabremos cuándo será nuestra chicotá mas dura”

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