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Juan Antonio Vidal Dorado.- Un miércoles más me asomo a esta ventana para dejar constancia de alguna de mis divagaciones y, como no podía ser de otra manera, hoy os voy a hablar del pregonero. Llevo semanas queriendo escribir este artículo, no sabía cuándo llegaría el momento pero lo que tenía muy claro es que lo haría antes de que se subiera al atril de Villamarta.
El pregonero y yo, como tantos otros jóvenes cofrades de nuestra generación, nos conocimos en los Campamentos que organiza el Consejo de la Unión de Hermandades y que creó Perico Pérez. A ellos les debemos gran parte de lo que hoy son nuestras cofradías, ya que os garantizo, que en casi el noventa por ciento, sino en el cien por cien de ellas, esos jóvenes han tomado las riendas de sus corporaciones, y las han llevado a buen puerto. Crecimos con parihuelas, escuchando las actuaciones de la “Legión Makakera”y recitando todos juntos en San Miguel las rosquillas que Moure había comprado en Santa Rita a esa monja de Nombre tan Dulce. Crecimos en un ambiente de cofradías envidiable, auspiciado por monitores que más tarde pasaron a ser amigos, como Pepe Antonio, Cañadas, Casas, Angelito Aguilocho, y otros tantos que me es imposible ahora enumerar.
Así, nuestra amistad, casi veinte años después de conocernos, sigue igual, vivida muchas veces en la distancia aunque no en el olvido. Nos vemos solo en los actos de cofradías y en alguna reunión en la que coincidimos, casi siempre regada por algún buen caldo de la tierra. Tú no eres el mismo, yo tampoco, ya no llevas melena, ni eres tan “radical”, de costalero pasaste a ser capataz, y de un simple ayudante de priostía a montar al Crucifijo en la Cruz de plata de la que nunca se debió bajar. Y ahora, quizás joven, pero con mucha vida recorrida y con mil experiencias que contar, te toca subirte al atril de Villamarta, y contigo el Crucifijo, y la Paz, y la Cena, y la Soledad, esa que tiene el pregonero cuando quiere plasmar lo que siente y las palabras no salen. Pero contigo mil vivencias, mil amigos y un teatro que te arropará. No tengo ninguna duda que tu pregón saldrá del corazón y que lo harás genial, para eso te ayudará tu profesionalidad, tus tablas y unas profundas convicciones religiosas que harán poner el teatro boca abajo.
Aún no tengo entrada para estar sentado en el coliseo de la plaza Romero Martínez, pero a lo mejor me valdrá lo que os contaré a continuación. En el año 98 aún no existía Wathsapp, ni móviles, ni Messenger… en aquel tiempo si querías contactar con un amigo solo podías hacerlo con su dirección y su teléfono fijo. De vuelta del campamento que se celebraba en El Bosque, en el autobús, el pregonero, José Vegazo Mures, me escribió su teléfono y su dirección en el único papel que tenía en la cartera. Ese papel era su papeleta de sitio de la Hermandad del Crucifijo de la estación de penitencia de ese mismo año. Desde entonces somos amigos. ¿Me hará falta entrada para Villamarta? Creo que no, ya tengo la papeleta de sitio.

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