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Manuel Jesús Elena Hernández.-  Ya han pasado unos días desde que terminara la tan esperada Semana Santa, quedando atrás momentos vividos muy especiales con nuestras cofradías, en los que hemos podido ver discurrir por nuestras calles los cortejos que acompañan a las Imágenes titulares de nuestras corporaciones penitenciales.

Palmas, nazarenos, el acompañamiento del Señor, la mano expresiva del Mayor Dolor jerezano, el sudario al viento del Santo Crucifijo y un largo etcétera de componentes que dibujan nuestra Semana Santa, quedaron atrás habiendo dado forma a los días santos de 2016.

Mi Semana Santa empezó como siempre, el Domingo de Ramos, día de tradiciones y emociones, jornada en la que un año mas volví a salir de la casa de mis padres vistiendo el hábito nazareno de la Hermandad del Transporte, en el camino y como siempre, encuentro con mi hermano en Cristo para continuar juntos el trazado hasta la basílica mercedaria al encuentro de los ojos negros de la Virgen mas hermosa. Fue como es costumbre una jornada dura, llena de cansancio y sacrificio, en la que un año mas sentimos la penitencia de acompañar a la Virgen en su camino de ida y vuelta a la catedral, pero este año debido a la situación meteorológica y por primera vez en la historia, la hermandad del Transporte no pudo volver, quedándose hasta el Domingo de Resurrección en la Santa Iglesia Catedral.

Fue extraño para mi volver a casa vestido de nazareno en horas tan tempranas, pues lo esperado era volver en las primeras horas de la madrugada del Lunes Santo, pero sin saber por qué, y aceptando la voluntad de Dios, este año no pudimos completar la estación de penitencia.

Siempre he sido confeso de la devoción a la Virgen de la Misericordia, como siempre me gusto llamarla y que la llamen, pues así me dirigía a Ella cuando era niño, cuando empezó a llenarme de paz cada vez que la miraba. Sus siete lagrimas (la Virgen que mas llora), sus ojos negros y su color natural de piel siempre me hicieron sentir que la Virgen en el cielo debía parecerse mucho a la talla que en los años cincuenta tallara Sebastián Santos. Madre de Dios de la Misericordia es sin duda, esa advocación que sale de mi boca cuando te preguntan, ¿pero la tuya cual es?

Llegó el Domingo de Resurrección y había que volver a la Merced. Como indico el director de cofradía, a las 16:00 de la tarde me dirigí a la catedral, y allí estaba Ella, radiante como siempre, con cambio de flores, con su mirada al frente, a la eternidad, dispuesta a repartir la Misericordia que por el tiempo no pudo repartir en su camino de vuelta, y la presencie con tanta majestad como me tiene acostumbrado, dándole Ella brillo al Sol saliendo al reducto de la catedral, con una preciosa petalá en la basílica del Carmen, dejando claro a los naranjos de San Marcos que mientras pasa por allí, la hermosura de su azahares quedan en un plano secundario porque esta pasando la Madre de Dios.

Y llego a la Merced, y el color negro que en la calle de la Sangre da fin a la Semana Santa, se convirtió en el blanco mercedario de su manto, y como siempre, pero en esta ocasión siete días mas tarde, le rezamos la Salve, siendo testigos de tal belleza, siendo hijos de la Virgen,siendo devotos de Madre de Dios de la Misericordia.

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