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Juan Antonio Vidal Dorado.- Una semana más me dispongo a escribir este artículo, en el que suelo abrir poco a poco las puertas de mi corazón, sin medidas y sin miedos, para dejar constancia de lo que pienso y lo que soy. Y buena parte de ser como soy se lo debo al Soberano Poder, esa hermandad que me dio tantos espaldarazos cuando la juventud era aún incipiente, y que ahora, con la perspectiva del tiempo veo en esos quebraderos de cabeza la voluntad de Dios y que Él escribe derecho con renglones torcidos. Porque si no fuera cosa de Dios hace mucho que no caminaría junto a ti, Soberano, pero Tú, sabes que los caminos largos y sinuosos son los que te acercan al Padre, que los reveses se convertirán en lecciones de vida y que al final, muy lejos, en La Granja, siempre me esperarás como el padre del hijo pródigo.
Y es que el Miércoles Santo, es un miércoles muy Soberano, por muchas cosas, pero sobre todo porque es un día de rezos del santo rosario y de via+crucis cuando las fuerzas flaquean, es día de perdón al Padre con confesiones a cielo abierto, es día de reencuentro con amistades de la infancia que solo ves ese día, que algunos están bastante lejos de Dios pero no faltan a la cita con el que verdaderamente es el Soberano de sus vidas. Es día de reír y de emocionarse, pensando en que todo partió de un juego de niños en Montealegre y ahora es una realidad cada vez más latente cuando cruza poderosa por la avenida de Europa buscando sin vacilar el centro. Es el día y es la noche, es el barrio que acompaña a su Señor, y el otro que va a buscarlo por donde quiera que vaya porque nunca se olvida de Él. Es un día de avenidas, de darle de frente al Carmen y llegar al Nazareno donde cada año me espera primorosa ya en su paso a que vaya a verla a Ella y tener una oración en la soledad de la capilla cuando todos miran hacia fuera. Es aferrarse al rosario cuando el calor te aprieta y el capirote se hace la más dura de las cuentas, y volver por fin a casa con el fresco que da el campo y escuchar como tres veces siempre siempre canta un gallo para recordarnos a todos cuantas veces lo negamos cuando a La Granja valiente vuelve el Señor ya cansado. Doce horas, que son más, es un día para ti, porque llegamos temprano al barrio para disfrutarlo de cabo a rabo. Desde tomar un ágape en casa de Nene en el que todos los años hay más gente que se suma, y afortunadamente cada vez más nazarenos, hasta llegar cuando Él quiera a su casa, que por más que se empeñe el fiscal, siempre es un poco más tarde porque la bulla le ahoga cuando se asoma a La Granja y el pueblo no quiere que entre aunque los nazarenos no podamos con nuestro alma. Es día de compartir con mi hermano un sueño que ambos soñamos cuando apenas éramos niños, y de acordarse a la vuelta, cuando llegas a casa, que sobre la mesa del salón estuvo el boceto de lo que hoy es el Señor, y te acuerdas de las Viñas y esas primeras catequesis, y las idas a Sevilla, y las visitas a Ildefonso buscándote una túnica, y de campamentos de la Unión de Hermandades ,y el traslado a los Dolores, y el día en el que te fuiste para quedarte para siempre en el corazón de los dos barrios que hoy te siguen queriendo como si fueras solo suyo. Son mucho los recuerdos porque son muchas las vivencias y todo se concentra en ese Miércoles Santo, que desde hace unos años se ha convertido en un miércoles muy Soberano.

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