«El atuendo de luto y la Virgen Macarena» por Alfonso Sánchez Rico

El modelo iconográfico de la Virgen Dolorosa aparece ya perfectamente definido en la Sevilla de fines del siglo XVI, y se desarrolla a lo largo de la centuria siguiente. El modelo es siempre el mismo. Son imágenes de candelero para vestir. Razón por la que sólo presentan talladas en madera la mascarilla ay las manos. Sus pequeños distingos se centran en la policromía, en los giros e inclinaciones de la cabeza, dirección de la mirada y poco más. Las imágenes se enriquecen por afanes naturalistas con ciertos postizos como ojos y lágrimas de cristal, pestañas y cabellos naturales. En el siglo XIX, la indumentaria realizada a base de ricas telas y bordados, denuncia la afición a lo curvilíneo, a lo decorativo y al efectismo teatral tan propio del sentimiento cortesano de la época.
El origen del atuendo de las imágenes dolorosas y especialmente de las de advocación de los Dolores, saya y manto negros, es anecdótico. La Reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, dispuso que Gaspar de Becerra reprodujera en una imagen de vestir la Virgen de la Soledad o de las Angustias representada en un cuadro que trajo de Francia. Ultimado el simulacro se colocó vestida con el traje de la Condesa viuda de Ureña, camarera mayor de la Reina, en una capilla de la Iglesia Conventual del Buen Suceso, o Servitas de Madrid. Allí se fundó en 1567 una cofradía o congregación que difundió por muchos pueblos de España esa advocación mariana. De ahí que las vírgenes de las Angustias, de los Dolores y de la Soledad, vistan tradicionalmente de negro sobre negro. Lucen anacrónicamente la indumentaria de una viuda o dueña de la época de Felipe II, en sustitución del traje hebreo propio.
Es obvio que el atuendo de las dolorosas sevillanas ha evolucionado a tenor del tiempo. Se ha ido adaptando al gusto estético de cada momento. Al mediar el siglo XIX, en ese afán de riqueza tan propio del espíritu barroco, se fue introduciendo tanto el “pecherín o tocado”, donde se situaban joyas o el corazón traspasado, y también el sustituir el luto riguroso de las dolorosas por tonalidades más alegres y vistosas. De esta forma, en la confección de sayas y mantos y por consiguiente en palios y faldones, se utilizan tejidos en colores más variados, como el morado, verde, rojo, azul, blanco, etc.


El hecho en sí del luto o color negro, venía más propiamente asociado en las cofradías con la advocación de la imagen que quizás muchas veces con la iconografía.
En el año 1920, tras la trágica muerte de José Gómez Ortega, Joselito “El Gallo”, el 16 de mayo, cogido por un toro que lidiaba en Talavera de la Reina, toda Sevilla queda conmocionada por la noticia inesperada. Como homenaje póstumo de su Hermandad de la Macarena, Juan Manuel Rodríguez Ojeda, amigo personal del diestro, y dado que era macareno de reconocido renombre, la Hermandad le rindió un merecido y grandioso homenaje.
En la Parroquia de San Gil, su amigo y prioste de la Macarena, Juan Manuel Rodríguez Ojeda, levantó un fastuoso túmulo funerario para la celebración de sus funerales que pasaría a los anales de las cofradías. Entre otros detalles de generosidad del diestro, había organizado novillas y corridas benéficas para la Hermandad de la Macarena, le había regalado las famosas y legendarias Mariquillas, y había sufragado el costo de diversos enseres para su paso de palio, y contribuido generosamente al manto de malla.
Aparte del mencionado túmulo funerario, Ojeda levantó un altar efímero cercano al mismo, presidido por la Virgen de la Esperanza Macarena.
En dicha época, no era costumbre enlutar o vestir de negro a las imágenes por el fallecimiento de un devoto o devotos.
En ese altar efímero, que tenía una sobriedad impactante, Rodríguez Ojeda colocó delante de la mesa unos faldones bordados de época romántica, relacionados con la producción de Patrocinio López para la Hdad. de Montserrat, en 1854. Sobre ésta cuatro candeleros grandes del paso de palio, realizados en 1895 y detrás de ellos un banco corrido, cubierto con unos faldones doblados de modo que la parte superior, lisa, cubría la mesa originada, y la caída con los finos bordados con tallos, hojarasca y flores, el frontal. El escudo de la Hermandad, con dos palmetas en un tondo oval con una cruz y coronado, quedaba en la intersección de planos, en el mismo eje.
Sobre éste se levantaba una pequeña pena cúbica con la Virgen Macarena cubierta por un lienzo con flores dispersas bordadas, conservadas en la actualidad en el manto azul bordado en plata de camarín, y flanqueada por otros dos candeleros análogos. La riqueza de las telas de ese altar era proporcional a la sobria distribución de la bendita Imagen. De severo luto, aparece vestida con un manto y una saya con bordados románticos, que no son los que diseñó en 1879 y bordó Eloisa Rivera, cubiertos por sendos lienzos de tela negra lisa, como una gasa, con distintos tonos en cada prenda. La tela o gasa que cubría la saya llegaba hasta el tocado, del que solo sobresalía una breve porción de la base blanca, muy suelta, que enmarcaba la cara. La cera tiniebla del altar acentuaba el tono fúnebre. La naturalidad y casi improvisación de ese riguroso luto, dotaban al montaje de un carácter exclusivo, potenciado, como no podía ser de otro modo, con la corona de oro financiada por el propio Gallito. La cruz calada entonces de ésta, se recortaba sobre el fondo negro cubierto con doble dosel frontal superpuesto a distintas alturas.

No era ni mucho menos costumbre o tradición el enlutar a las imágenes en aquellos años, puesto que es una costumbre relativamente reciente, al igual que los diversos cambios tan cotidianos hoy en día como de hebrea, de reina para besamano y paso, de rojo y blanco para octubre, de blanco para el verano, o de blanco y celeste para la Purísima.
Pensamos que, Rodríguez Ojeda, persona muy culta y de exquisito y reconocido buen gusto y creatividad, quizás pensó “velar”, al modo en que se hacía con los altares, los remates de las insignias, o las cruces, en los días de la semana de pasión y la propia semana santa, en señal de duelo y respeto por la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, puesto que no vistió con ropajes de luto a la Macarena, más bien la veló, le colocó una suaves y vaporosas telas a la usanza de aquella recordada y riquísima tradición y costumbre preconciliar, que tanta añoranza produce su contemplación en aquellas añejas y rancias fotografías antiguas.
Una vez más, Juan Manuel Rodríguez Ojeda, con si inventiva, su creatividad, su cultura, su buen gusto y su genuino y personal arte, creo una imagen icónica, con la más icónica de las imágenes de la Virgen María, La Virgen de la Esperanza y Macarena.
Ignoramos cuando la Hermandad de la Macarena adquiere la costumbre de vestir de luto en el mes de los difuntos a la Santísima Virgen como costumbre o tradición, puesto que en cofradías tampoco existió hasta tiempos relativamente recientes dicha moda o tendencia, si bien, hasta allá por los años sesenta, no se realiza, en el Taller de José Guillermo Carrasquilla, el manto negro, realizado con bordados del antiguo palio de Ojeda, y en los años noventa, tras una restauración en el Taller de Fernández y Enríquez, se modifica, añadiéndole como cenefa al mismo el antiguo baquetón bordado de los respiraderos de Rodríguez Ojeda. Es posible que sea a partir de finales de los sesenta cuando en la Hermandad de la Macarena se instituye esta costumbre en recuerdo y homenaje a todos sus hermanos difuntos.
Hasta que en 1995 se restaura y se pasa la saya realizada en los años sesenta por José Guillermo Carrasquilla con bordados del antiguo palio rojo de Ojeda, y que es pasada a terciopelo negro desde el verde en el que estaba, se venía utilizando la en el mes de los difuntos la saya de Eloisa Rivera, que estaba en terciopelo azul.

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