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Nos encontramos inmersos en pleno ciclo eucarístico donde, afortunadamente para nosotros, cada vez sale más veces Jesús Sacramentado por las calles de nuestra ciudad. Es tiempo de manifestarse, de acompañar al Santísimo por las calles y de arrodillarse a su paso, como signo de adoración al que es Rey de Reyes.
Este pasado fin de semana vivimos la primera procesión eucarística de la temporada, con la vuelta tras 44 años del Corpus de Santiago. En él se pudieron vivir momentos únicos en torno al Santísimo ya que volvía tras casi medio siglo a procesionar por las calles de la feligresía. Pero la gente no olvida, ni casi cincuenta años después, que ante Jesús toda rodilla se dobla. Volvieron a poner las macetas en las calles, las colchas en los balcones, y colgaduras en las ventanas, y volvieron a estar predispuestos a la llegada del Señor. Y así, una señora octogenaria quiso hincar rodilla en tierra cuando el Señor llegaba a su casa y, ante la negativa que le dieron sus piernas, rompió a llorar por no poder postrarse ante Dios. Lo que no sabía esta señora es que a Dios se le adora con el corazón contrito, con el corazón postrado ante Él y con el alma limpia. Sus piernas no pudieron doblegarse ante Dios como ella hubiera querido, pero Dios vio como su corazón ardía en deseos de verlo de nuevo por su casa. No le hizo falta que su cuerpo se arrodillara para ver claramente que su alma era entera del Señor, en un gesto de devoción digno de mostrárselo a las generaciones venideras.
Como también la piadosa visión de ver como una señora de mediana edad acompañaba al Señor por el costado derecho de su paso, y cada vez que el Santísimo se paraba, ella se arrodillaba con gesto de adoración, una y otra vez, y así todo el camino.
A veces pensamos en sacar al Señor de la mejor manera posible, con una buena banda, que los costaleros vayan bien, que no le falte una rosa…y tantas y tantas cosas accesorias que no paramos en ver que sale el Señor, y que el resto nada importa. Por eso estas señoras me dieron una lección importantísima este pasado domingo, porque no importaba el tiempo que haya tardado en volver el Señor a sus casas, si la custodia era una u otra, o este o aquel paso, sino que ese tiempo te haga pensar en su vuelta y cuando entre en ti, ya nada podrá cambiarte jamás.
Tras esta lección de vida me queda más claro que nunca, que ante el Santísimo Sacramento del Altar toda rodilla se doble, y aunque a veces las rodillas no puedan, es el mismo alma el que se postra ante Dios

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