José Ángel Ferrer García.- Hoy viernes -con vuestro permiso- solicito la venia para comentar y escribir unas líneas que no estén llenas de críticas hacia ningún sector. Simplemente en esta ocasión, me apetecía escribir sobre un grupo de personas que conocí hace exactamente cinco años.
Se cumple un lustro desde aquel día en el que me presenté a la igualá de la cuadrilla de costaleros de Nuestra Señora de la O de ésta misma ciudad, llegué a pedir sitio a una cuadrilla en la que ya se habían incorporado varias personas cercanas a mi: un compañero de clase, su hermano,mi vecino y a otro compañero que también fue alumno de mi antiguo colegio. Del equipo de capataces conocía de muchos años atrás al capataz y en menor medida a sus auxiliares.

Cuando el capataz me llamó para ponerme en la quinta trabajadera, me hizo una pregunta que me puso los vellos de punta y delató la inexperiencia de mi persona bajo las trabajeras: “¿Qué pasos sacas?” – me preguntó el capataz – “María Auxiliadora de Monte Alto” – respondí con voz temblorosa – “en semana santa ¿ninguna? “–preguntó por segunda vez – “ninguna”- desoladamente contesté ante la idea de verme fuera de la cuadrilla.

Tras quince minutos moviéndome de un sitio a otro me repartió un DVD con el video de las imágenes del pasado año y un papel dónde señalaba cuándo y a qué hora serían los ensayos. “Bienvenido a tu cuadrilla”- me dijo al capataz con una gran sonrisa – “gracias” – le respondí, sin creérmelo aún.

Cinco años después sigo perteneciendo a ese mismo colectivo. Ya no soy aquel joven de 19 años que fue a pedir sitio siendo un desconocido, hoy me siento uno más, y éstas líneas que le dedico a diferentes temáticas todos los viernes, hoy se las escribo a todas las personas que hacen posible que el Martes Santo -aparte de la noche de Jesús- sea para mí el día más especial de la Semana Santa.

Tengo que agradecer porque en el primer ensayo cuando me metí por primera vez en esas trabajaderas, tuve a personas pendientes de mí, de cómo tenía que meterme, de cómo posicionarme mejor para empujar hacia arriba los kilos.

Tengo que agradecer a todos los que formamos la cuadrilla por hacer que se me quedara grabado en mi retina aquella revirá de la plaza del arenal en el año 2012, lástima que fuera la primera y última que hiciera en ese codo.

Tengo que agradecer los ratos de convivencia con un zumo “Rick Rock” durante el ensayo.

Tengo que agradecer a la Virgen, la suerte que he tenido de conocer a una cuadrilla que con el tiempo han pasado de ser mis compañeros, a ser mis hermanos, porque sin ellos no sería posible haber vivido muchos momentos de mi corta vida costalera. Sin ellos no podría revirar de la manera en la que reviramos, sin ellos no podría vivir la calle Gaitán como se vive debajo del sutil palo de la trabajadera.

Hoy escribo estas líneas porque me siento orgulloso de ser costalero y más de serlo con vosotros: desde Pluma o Ramírez, pasando por Pantoja o Alejandro – última de la alta – desde Lorenzo o León– primera de la baja – hasta Copano o Ramón que son bajitos de estaura pero con el corazón lleno de la virgen. Sin olvidarme de Manuel y Luis que van delante, de Juan y Roberto que van detrás y de nuestro listero David. Y, aunque ya no comparta relevo con él, y me duela el corazón por recordar los cuatro años bajo las trabajaderas que hemos vivido, él seguirá formando parte de nuestra cuadrilla aunque ahora sea nuestro “aguaó”, Andrés.

Porque me enseñasteis que no salir a la calle un Martes Santo, va más allá del dolor y de la pena de no salir . Porque soñamos durante todo el año cómo sería aquel Martes Santo que la lluvia nos robó.

Es no tener tema de conversación para semanas y meses posteriores, en el traslado de la Virgen a la Compañía de María o en el día de su ofrenda floral.

Recordemos los buenos y malos momentos bajo las benditas trabajaderas de éste paso de palio, volvámonos a emocionar y a ilusionarnos como si fuese el primer día, porque el domingo comienzan los preparativos de un Martes Santo que si no te das cuenta rápido, explotará como una pompa de jabón convirtiéndose en Miércoles Santo.

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