La Semana Santa no es un engranaje de precisión suizo, pero tampoco puede ser el escenario del desorden sistemático. En los últimos tiempos, el debate sobre el cumplimiento de los horarios y los itinerarios ha derivado, peligrosamente, hacia una dialéctica puramente administrativa y monetaria. Se habla de sanciones, de detraer subvenciones y de penalizaciones económicas como si las cofradías fueran empresas de logística en falta. Sin embargo, reducir la obligatoriedad de «cumplir» a una mera cuestión de caja es desvirtuar la naturaleza misma de lo que ponemos en la calle.
El compromiso de una hermandad con su horario no nace del miedo a una multa, sino del respeto entre las mismas. Cuando una cofradía se excede en el tiempo no solo afecta el flujo de una jornada; está vulnerando la caridad cristiana hacia las demás corporaciones y hacia el público que espera. Cumplir es, por encima de todo, un ejercicio de humildad y de fraternidad.
El sentido eclesial de nuestras hermandades nos dicta que la estación de penitencia es un acto de culto público, y como tal, debe estar regido por el orden y el decoro. No se puede entender el testimonio de fe desde la desconsideración al que viene detrás. Por ello, la oposición a que el castigo sea meramente económico tiene una base sólida: la fe y el compromiso cristiano no tienen precio, tienen palabra y la palabra, nos lleva a la verdad.
Frente a la corriente que busca «cobrarse» los retrasos, debemos anteponer la pedagogía de la responsabilidad. Una hermandad no debe cumplir para evitar una sanción de cien o mil euros; debe cumplir porque es su deber como parte de un cuerpo místico que es la Iglesia. La sanción económica es un recurso mundano para un problema que es, esencialmente, de falta de rigor y generosidad.
«Cumplir» debe volver a ser una cuestión de honor y de sentido litúrgico. Si convertimos el retraso en una transacción comercial, estaremos asumiendo que el tiempo del prójimo tiene un precio que se puede pagar. Y en la Semana Santa, los valores que nos mueven —o deberían movernos— son aquellos que no se pueden comprar ni vender en una mesa donde se esquematicen horarios e itinerarios.
