«Entre la espada y la pared…» por Ángel Heredia Barea

Con la actual pandemia se habla de nueva normalidad, nuevas normas, nuevos usos o nueva vida. Hay un denominador común en todo este mal: el acento de ciertas corrientes en una pérdida de toda visión sobrenatural de la vida ordinaria. Tiene truco, solo así podrán colocar “la nueva normalidad”, poner al nuevo hombre en el centro, el hombre solo se basta… resistiremos, ¡Sobra Cristo y cualquier atisbo de religiosidad.

Podemos ser arrastrados por esta corriente inmanista y sincretista y posicionarnos en el naturalismo más ateo y en el indiferentismo religioso más repugnante. Algunos pretenden convertir la fe de la Iglesia en una ideología espiritual centrada exclusivamente en los solucionar los males materiales de nuestra sociedad. Lo mas peligroso es que, por derivación, nuestras corporaciones pueden terminar en el mismo pozo. Hemos de ser capaces de propiciar en nuestros hermanos, vecinos, simpatizantes, incluso en los no creyentes, espacios para que se atrevan a tocar lo divino, a constatar que Dios en un Padre que te quiere a ti en concreto, que te ama y que te quiere salvar en este preciso momento de tu historia personal.

Hoy, desgraciadamente, la mayoría de nuestro pueblo no ve a la Iglesia más que en su aspecto externo, en su estructura jerárquica, casi como una institución oficial burocrática. Nuestras hermandades tienen que ser camino para que los hermanos, nuestros conciudadanos vivan en la Iglesia, sientan con la Iglesia y crean con la Iglesia. Es necesario que descubran ese organismo viviente, cuerpo místico de Jesucristo que es irrigado hasta el fin de los tiempos por su gracia con la presencia del Espíritu Santo.

Tenemos que incrementar la vida litúrgica de nuestros hermanos, de nuestros vecinos, de nuestros barrios, la Iglesia es esencialmente vida litúrgica. Cristo esta siempre presente en su Iglesia (SC 7), pero sobre todo en la acción litúrgica. La oración litúrgica es oración de la Iglesia, es la Fe rezada.

Nuestros ejercicios de piedad no pueden convertirse en manifestaciones segregadas de la liturgia, sino al contrario, ser una correspondencia armónica para completar su formación cristiana e introducirlos en la vivencia del Misterio de Cristo.

Nuestro compromiso con la caridad es un esfuerzo siempre renovado de sentir como siente Jesús, y nuestra presencia en la oración litúrgica es ser cristianos que nos incorporamos a Cristo y asumimos su misterio de salvación.

En la liturgia se va “sintiendo con la Iglesia”, puesto que, dejando todo subjetivismo, el propio interior se va armonizando con los sentimientos de la Iglesia.

¡A ello!

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